El mañana: Memorias de un éxodo cubano (Spanish Edition)
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Average customer review:Product Description
En esta memoria sobre una niña, dos culturas y una lucha por la libertad, la periodista Mirta Ojito, ganadora del Premio Pulitzer, vuelve al evento en su adolescencia que cambió su vida para siempre: el éxodo en el 1980 de más de 125.000 cubanos, mejor conocido como el puente marítimo del Mariel. Con perseverancia y mucho corazón, Ojito logra localizar en Cuba y Estados Unidos a los individuos –ya olvidados por la historia– cuyas acciones desencadenaron los sucesos que impactaron su vida y la de otros miles de cubanos a ambos lados del Estrecho de la Florida. Su libro es un relato conmovedor de cómo una niña creció desgarrada entre las críticas contra el gobierno que reinaban en su casa y el arrastre de una revolución que exigía lealtad absoluta. El Mañana ofrece una mirada inolvidable dentro del corazón de una valiente refugiada adolescente.
Product Details
- Amazon Sales Rank: #390419 in Books
- Published on: 2006-10-10
- Released on: 2006-10-10
- Original language: Spanish
- Number of items: 1
- Binding: Paperback
- 368 pages
Editorial Reviews
Review
“Es imposible no admirar la valentía, la sinceridad, la entereza moral de la escritura
de Ojito”. –The New York Times
“En El Mañana, Mirta Ojito logra rectificar en gran medida la visión del Mariel y concederle cierta pospuesta dignidad a ese hijastro maltrecho de la historia del exilio”.
–Los Angeles Times
“Como muchos exiliados cubanos, Ojito afirma que dejó parte de su alma en Cuba. La buena noticia es que el resto llegó intacto. Gran parte de esa alma alienta este libro”. –St. Petersburg Times
About the Author
Mirta Ojito nació en La Habana, Cuba, y llegó a EstadosUnidos en 1980 en un barco llamado Mañana como parte del puente marítimo del Mariel. Ha recibido el premio de la Sociedad Norteamericana de Editores de Periódicos por sus reportajes en el extranjero, y compartió el Premio Pulitzer de reportajes nacionales del año 2001 por su contribución a la serie del New York Times “How Race Is Lived in America”. Su trabajo ha aparecido en varias antologías, entre ellas Written into History: Pulitzer Prize Reporting of the Twentieth Century from The New York Times. Ojito es profesora de periodismo en la Universidad de Columbia en Nueva York, donde vive con su esposo y sus tres hijos.
Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.
UNO
Gusanos
¿Qué? grité, subiendo de mala gana la escalera hacia nuestro apartamento. ¿Qué quieres? pregunté abriendo la puerta de un tirón. Estaba jugando en casa de mi mejor amiga, en la acera del frente, cuando la voz de mi madre, desde el balcón, me había obligado a suspender el juego y correr a casa.
Cuando entré, mi hermana me miró expectante, pero no dijo nada. Una sensación de temor se apoderó de mí, y miré a mi madre en busca de pistas.
Años de estudiarle el rostro me habían vuelto experta en descifrar sus estados de ánimo. Con mirarle furtivamente la boca o la frente sabía la clase de día que nos esperaba. Un ceño fruncido, solo, era signo de aburrimiento o cansancio; un ceño fruncido acompañado de ojos entrecerrados quería decir cólera y advertía de consecuencias por mal comportamiento. Una frente sin arrugas, y a veces incluso ojos vivaces, significaba un respiro de su incesante pesimismo o de su tristeza. Los días de ojos vivaces podía esperar cualquier sorpresa de mi madre: un ratoncito muerto flotando en una paila de agua, un arroz con leche tibio al regresar de la escuela, una blusa nueva hecha de los retazos guardados de su costura o la promesa de que, a las siete de la noche, me dejaría ir a casa de la vecina a ver mi programa favorito de televisión.
Pero hoy estaba distinta. Hoy parecía contenta. Su cara redonda, enmarcada por el pelo negro y sedoso, se veía receptiva y cálida, apacible y con la luminosidad de un antiguo traje de bodas de satín blanco. Sus ojos oscuros levemente achinados brillaban. Ni cuenta parecía haberse dado de mi tono de alarma. ¡Oh, no! pensé, nos llegó la salida. Y sentí pesar, porque en el verano de 1974, a los diez años, nada hubiera causado más alegría a mis padres —y tristeza a mí— que el permiso de emigrar a Estados Unidos.
No recuerdo un momento de mi vida en que no supiera que la aspiración más acariciada de mis padres era algún día, de algún modo, irse de Cuba, como ya lo había hecho la mayor parte de la gente que conocíamos. Mis memorias más tempranas no son las de hacer amistades, sino de perderlas. Todos los amigos de mis padres y muchos de nuestros familiares se habían ido antes de que yo cumpliera seis años. Los domingos, cuando paseábamos por el barrio, de repente mi madre notaba el revelador papel amarillo del gobierno que sellaba la puerta de la casa de un vecino, y comprendía que había perdido otros amigos —y por ende, yo también. Marcelo y Mery y sus dos hijas, la familia de los bajos, se fueron primero. Mery le cortaba el pelo a mi madre; Marcelo, a mi padre. Después fueron Gladys y Ñico, a la vuelta de la esquina. Gladys era prima segunda de mi madre; su hija mayor era mi amiga y compañera de clases. Luego les tocó a Alicia y Miguel. Vivían a una cuadra y eran los mejores amigos de mis padres. Su casa amplia y llena de libros era un imán de gente interesante y divertida que muchas noches hacían reír a mi madre, y a mi padre olvidarse de su vida un rato.
Con el tiempo, mis padres, mi hermana y yo nos sentábamos a planear nuestros fines de semana y nos dábamos cuenta de que ya no nos quedaba a quien visitar. Mi madre comenzó a oír novelas radiales para llenar el silencio de sus días. Mi padre prefería quedarse en casa, y se pasaba los domingos lustrando los zapatos de los cuatro en la terraza. Yo empecé a hacer amistad con los ancianos del barrio, los que pensé eran demasiado viejos para irse. Me pasaba horas en la oscura casa colonial de cinco hermanas solteronas, que siempre decían que querían ser enterradas en Cuba. Creía que, a menos que se enfermaran y murieran de repente, sus planes de entierro le garantizaban cierta longevidad a nuestra relación.
Así, poco a poco, el deseo de salir se convirtió en un modo de vida. Mi padre buscaba en el periódico noticias de conflictos con otros países, calculando qué nación enemiga acogería con más probabilidad a refugiados cubanos. Mi hermana y yo rara vez usábamos nuestra mejor ropa porque mi madre la guardaba, planchada y en forro plástico, para que nos viéramos elegantes al llegar a Madrid, que fue el plan por un tiempo, o a Nueva York, que siempre fue el sueño. A medida que crecíamos dejó de hacerlo y en su lugar guardaba las telas más gruesas que encontraba, suponiendo que cualquier sitio al norte de La Habana sería frio. Mis padres evitaban todo tipo de filiación política porque, como les explicaban a los diversos reclutadores que venían a la casa para alentarlos a que se integraran a la revolución, no valía la pena. Estamos esperando los papeles de salida, explicaban. Y los hombres y mujeres que religiosamente trataban de convertir a mis padres en comunistas abrían los ojos y exclamaban, ¡Aah!, sorprendidos de su honestidad y un tanto envidiosos de una familia con un plan tan definido.
Pero de pie ante mi madre ese día, rogando en silencio que la urgencia de su voz no estuviese ligada a nuestros planes de emigrar, sólo detecté júbilo; ni un sólo gesto nervioso. Me di cuenta de que no se trataba de los papeles. Con el rabillo del ojo, vi a mi padre, agachado, jugueteando con lo que parecía una caja negra. Me incliné para ver qué hacia, pero al principio sólo veía su pelo negro y rizado que todas las mañanas peinaba cuidadosamente con brillantina, y luego la nariz larga, que, como la aguja de un reloj de sol, dividía en dos su cara estrecha y descendía en ángulo recto sobre su bigote fino. Me alcé en punta de pies y vi por fin lo que mi padre me ocultaba: ¡un televisor!
¡Ay, Dios mío!, grité y me encaramé en la espalda de mi padre, abrazándolo fuerte.
Deseaba un televisor desde hacía tanto tiempo que había empezado a pensar que nunca lo tendría. Me hubiese conformado con uno como los que tenían mis amigos: reliquias en blanco y negro de la época en que en Cuba se vendían productos norteamericanos. Y aquí llegaba el nuestro. Al fin. También en blanco y negro, pero nuevo y grande, con una incomprensible palabra rusa en la parte superior derecha.
De la alegría, empecé a saltar . . . Mi hermana y mi madre también. Mi padre nos explicó que por 200 pesos, el equivalente a un mes y medio de salario, le había comprado un cupón a un amigo que certificaba que le había donado un viejo televisor norteamericano al gobierno. Con ese cupón falso, mi padre se gastó otros 700 pesos, una fortuna para nosotros, en comprar el aparato ruso; sin el cupón no hubiera podido. Todo era más o menos ilegal, pero mi padre nos aseguró que no sería descubierto, aunque lo dijo en un tono más de esperanza que de certeza, más apenado que triunfal por el negocio. Aun así, con ayuda de mi madre, había logrado una hazaña. Durante años, mi madre había separado cada peso que ganaba en la máquina de coser para que nuestra familia pudiera darse ciertos lujos, como almorzar pollo frito todos los domingos, salir a comer de vez en cuando, y ahora, finalmente, un televisor.
A menudo, mis padres me recordaban la vida que llevaban antes de la revolución, la vida que, según ellos, yo debí tener. Hablaban con frecuencia de baños con jabones de olor, de champú que lavaba de verdad el pelo largo como el mío, de artefactos caseros “Made in USA” que duraban años y años y de un ungüento mágico, llamado Vicks VapoRub, que quitaba la tos y destupía la nariz. Uno de esos pomos azul cobalto, el último que compraron mis padres antes que los productos norteamericanos desaparecieran de las farmacias, aún presidía en nuestro botiquín. Todas las posibilidades del capitalismo, de la vida en la Cuba anterior a Castro, se encerraban para mí en ese frasquito redondo y chato con un emplasto tan viejo que había perdido el olor.
La vida a finales de los años cincuenta era alegre, me decían mis padres. Los fines de semana paseaban por la ciudad en autobuses limpios y casi vacíos, sólo para matar el tiempo. De noche, los programas de televisión eran entretenidos, no educativos como los que yo tenía que ver a falta de otros. Sus programas preferidos daban premios. ¡Imagínate! me decía mi padre. Gateabas por un palo ensebado y si llegabas al tope, te ganabas un colchón o un sofá. Si encontrabas un gallito plástico dentro del jabón de lavar, te podías ganar una casa. ¡Una casa! ¡Imagínate! Pero yo no podía imaginármelo, hasta que mi padre me llevó a ver la única casa del barrio que aún llevaba el emblema del jabón, Jabón Candado.
Cuando caminaba por el barrio, me desviaba buscando esa casa, para maravillarme de su construcción y examinar los detalles ornamentales de la fachada —grietas y nichos y columnas dóricas, una reliquia. Una adolescente en silla de ruedas vivía en esa casa, y todos los días sus padres la sacaban al portal a recibir la brisa de la tarde. Se sentaba sola, con su vestido rosado de pliegues, y me miraba mientras yo miraba su casa. La madre salía a veces y, suponiendo que sentía curiosidad por su hija, me invitaba a pasar. Me preguntaba: ¿Quieres ser su amiga? Pero yo sólo quería vivir en su casa o, al menos, visitarla. Ansiaba tocar el símbolo del Jabón Candado, un candado abierto adosado a la fachada para recordarles a todos que año...
Customer Reviews
Gracias!
Un libro muy bien escrito que relata las memorias personales de la autora, que a la vez son las memorias de muchos, mezclado con una solida labor investigativa historica, exepcional. My ameno de leer y que nos deja con el sabor del recuerdo a muchos y a la vez con un conocimiento mas profundo sobre la historia de Cuba.
Gracias a la autora por compartir sus memorias y por su profunda labor investigativa sobre los hechos que se desarrollaron en esos tumultuosos dias de 1980. Dias en los que yo solo era un pequeno ser humano en Cuba ,y no entendia, pero sentia profundamente, los sucesos que marcaban la historia de mi pais.
Nuevo Amanecer
La autora, con claridad y sencillez, muy bien expresa la historia de un pueblo que se resiste a convertirse en ente; un pueblo en donde los deseos y habilidades individuales pasan a ser meros sueños. Es la historia de las frustraciones diarias ante la imposibilidad de toda forma de individualidad.
En esta obra se rinde honor a las ideas democráticas cuando nos muestra que con dedicación y sacrificios se pueden realizar las más altas aspiraciones del individuo. Esta obra es un himno a la libertad.
El manana
Anyone interested in Cuban history should read howmand why so many ordinary people became disenchanted with Casro's revoloution and tried to leave. The chapter on Peruvian Embassy in Havana is particulary moving when 10,000 people tried to get asylum in 1980.




